Un farero nos mostró una escalera tallada detrás de un aljibe, visible sólo cuando la luz oblicua toca el musgo. Subirla exigía paciencia y manos libres; la recompensa fue un balcón de espuma, silencio, y una ruta de escape clara.
Un viejo marinero pidió café y, a cambio, reveló el canto donde el sol se alinea con un arco marino tres días al año. Llegamos temprano, compartimos termos, limpiamos basura y dejamos el lugar más sereno que antes.